Augusto Amaya:  Así se traen dos pasiones desde niño hasta llegar a conquistarlos

Augusto Amaya, siempre tuvo dos pasiones, el fútbol y la fotografía, en ambas logró grandes satisfacciones y aquí te contamos la historia

Tegucigalpa, Honduras 17 de abril de 2022.- Puede sorprender que tengamos entre los garínagu a un as de la fotografía porque no somos una comunidad que trascienda por este tipo de arte.

Y  es que, todavía hace medio siglo, entre nosotros habían personas que le tenían aversión a tomarse fotos, se corrían literalmente. Pero en el caso de Augusto Amaya es diferente, desde pequeño desarrolló una inclinación por la fotografía.

En sus tiempos de adolescente, Augusto Amaya, pensó en ser un músico, pero era una mera estrategia ya que los músicos eran admirados.

Se imaginó siendo precisamente un guitarrista y quizá aparecer en escenarios, pero no.

También, lo intentó en el fútbol, pero supo que carecía del capital futbolístico, como para enrolarse en el Platense de Puerto Cortés.

A los 16 años migró a Tegucigalpa

En aquellos tiempos los jóvenes de Triunfo de la Cruz, al terminar la escuela, se perdían del pueblo a buscar sus sueños a otros lares. En la capital, Amaya tuvo su primer trabajo y ganaba 15 lempiras al mes, 5 de los cuales enviaba religiosamente a su madre.

“Ella se ponía feliz, era como era recibir hoy en día 200 dólares. Como yo miraba que se alegraba entonces, pensaba siempre mandarle más,  para ponerla más contenta”, recuerda.

Nuestro entrevistado ya es un retirado y conversa con WA-DANI cómodamente sentado de bajo de un árbol de mango, en el patio de su casa en Triunfo de la Cruz.

De niño, recuerda sus habilidades con los números y el dinero, eso fue así porque su madre hacía panes que él iba a vender por todo el pueblo.

En una ocasión, había visita en Triunfo de la Cruz, de una vez vendió sus panes. Luego fue a su casa a traer más, pero esta vez se negó a vender 7 panes, porque ese era su táctica para pasear por el pueblo, de lo contrario, tenía que permanecer en casa.

Mount Vernon, Nueva York

En abril de 1971 migró para los Estados Unidos, su tía Sotere Amaya le animó a hacerlo para que ayudara a su madre. Con una carta de recomendación de un integrante del Cuerpo de Paz obtuvo su visa.

Desafortunadamente, a los 9 meses de estar en los Estados Unidos, murió su madre.

A Augusto Amaya, se le llenan de agua los ojos al recordar aquella triste experiencia. Fueron momentos dolorosos y ese sentimiento lo acompaña hasta hoy.

Hoy en día, Augusto Amaya se pone sonriente cuando menciona  Mount Vernon, Nueva York lugar donde se radicó y gozó de hermosas etapas de su vida.

“En tiempos de nevada, sacaba a mis hijos para tomar fotos”, recuerda con nostalgia.

En Mount Vernon, enseñó fútbol a los niños y niñas. Le tocó organizar ligas, y una de sus reglas era: mínimo cuatro niñas por equipo, dos deben jugar en todo momento de los partidos.

Quizá, sus futbolistas no llegaron a ejercer profesionalmente, porque no miraban el fútbol como carrera, sino que aprendía para obtener una beca de estudios.

La fotografía un imán que lo atraía

Sobre la fotografía, gruesos álbumes están en su casa, de las miles de hermosas fotos que hizo. Tiene una colección esplendorosa de imágenes sobre la comunidad garífuna.

Igualmente, guarda su cobertura sobre la Primera Cumbre Mundial de Afrodescendientes. Un álbum de su familia y otro muy especial de Perú.

En el país inca le tomó foto a todo, desde su gastronomía, sus Iglesias, su gente y su arquitectura. “Conocí todo Perú”, dice.

Fotografo de la Concacaf

Ya retirado del Museo de Arte, fue contratado por la Confederación Norte, Centroamericana de Fútbol, CONCACAF, fue así como recorrió las islas  del Caribe.

Quien lo recomendó fue el periodista hondureño Jesús Vélez Banegas.

En adición, le tocó cubrir giras de equipos famosos como el Barcelona y el AC Milán. Fue precisamente en ese marco, que se encontró a figuras como Ronaldinho y Samuel Etoo.

“Yo tuve mi primera cámara fue una Kodak que compré en Tegucigalpa. Para mi es emocionante recordar eso, porque gastaba mi dinero en películas y en revelado. Le tomaba foto a todo, a perros y gatos”, dice.

Es paradójico que mientras en su pueblo no se le reconoce, en Mount Vernon, lo pusieron de candidato para que una calle llevara su nombre.

No obstante, aún no es el tiempo, sencillamente porque no ha muerto.

Le explicaron que en vida las personas cambian. En Mount Vernon piensan que lo mejor hacer este tipo de reconocimientos, una vez que la persona muere porque es ahí donde ya no va a cambiar y no cometerá errores.

La grandeza no se mide en la cantidad de cuentas bancarias, ni por tener un yate, sino por los muros que la persona le tocó derrumbar.

Y cuando naciste en una comunidad garífuna, sin las ventajas de otros y lograste penetrar en espacio, como lo hizo Augusto Amaya, entonces se entiende que eres un verdadero campeón.

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