Martin Luther King Jr: “Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter.»
TEGUCIGALPA, HONDURAS 28 de agosto de 2026- El miércoles 28 de agosto de 1963, convocados por diferentes organizaciones de defensa de los derechos civiles, sindicales y religiosas, miles de ciudadanos negros –la expresión afroamericano se normalizaría años más tarde- asistieron a la Marcha sobre Washington por el trabajo y el empleo.
Provenientes de diferentes regiones del país, especialmente del sur, donde la segregación y la violencia racial eran el pan de cada día, más de 200.000 afroestadounidenses junto a unos 50.000 blancos, se pasearon por la capital federal; concentrándose en el Mall, desde el obelisco en honor de George Washington, el primer presidente del país, hasta el Memorial de Lincoln, el presidente que acabó con la esclavitud.
Sin duda, de los dieciocho oradores que participaron en el acto, quien conectó mejor con el simbolismo del espacio fue el joven pastor baptista Martin Luther King Jr, fundador en 1957 de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur (SCLC).
El boicot de 1955
Conocido desde 1955, por el boicot contra el sistema de autobuses de Montgomery, después de la detención de Rosa Parks. El boicot, que se extendió durante 382 días, fue un rotundo éxito que acabó con la decisión del Tribunal Supremo el 13 de noviembre de 1956 que declaraba ilegal la segregación en los autobuses, restaurantes, escuelas y otros lugares públicos.
La victoria extendió el mensaje pacifista de Martin Luther King, cada vez más influido por la filosofía de la no violencia de Gandhi. Protagonizó las famosas marchas sobre Selma o Birmingham, con notable éxito en su sur natal y mucho menos en el norte y centro del país, donde la discriminación -como ahora- no era tanto legal como social y económica.
En los diecisiete minutos que duró su discurso I have a dream (Yo tengo un sueño), invocaba directamente a la Declaración de Independencia y al discurso de Gettysburg de Lincoln, en 1863.
El excelente predicador sureño renovaba para los afroamericanos el mensaje de sus predecesores: Estados Unidos es un proyecto imperfecto, pero un proyecto a mejorar y progresar a través del tiempo. A mejorar con la inclusión de los hermanos de raza.
En su primera mención de tengo un sueño, repitió, a su manera, la frase más popular de la Declaración de Independencia que redactó Thomas Jefferson: “Sueño que un día esta nación se elevará para vivir el verdadero significado de su credo: sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas, que todos los hombres son creados iguales’.
… no serán juzgados por el color de su piel
También, otra de sus evocaciones más famosas: “Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter.», subrayaba el hilo conductor de su discurso.
Más igualdad, más democracia y la utopía como proyecto posible. Los sueños y las utopías debían ser la inspiración de la política por mucho que, en el día a día, la política sea pragmática, realista y, a veces, mezquina.
A los organizadores de la Marcha sobre Washington los recibió el presidente John Kennedy –faltaban tres meses para su asesinato en Dallas- e impulsó dos grandes victorias legales: la Ley de Derechos Civiles (Civil Rights Act) firmada por el presidente Johnson en 1964 y la ley del Derecho al Voto (Voting Rights Act) de 1965.
La primera garantizaba los derechos de todas las minorías y la segunda prohibía la discriminación del derecho al voto.
Pero de la utopía soñadora de sus palabras en Washington hasta su muerte, en 1968, Luther King vivió la amarga paradoja de que, cuanto más avanzaban los afroamericanos en el terreno de los derechos civiles, más violencia y derramamiento de sangre se producía en las calles.
Desde 1964 a 1967, se produjeron disturbios raciales en 58 ciudades con un saldo de más de 140 muertos, casi 5.000 heridos e incontables pérdidas materiales. El sueño continuaba.
Tomado de LA VANGUARDIA

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