Vallecito: territorio garífuna en resistencia

De Raúl Zibechi

“Vallecito es una comunidad garífuna en construcción”, explica Miriam Miranda a la ronda que se fue formando en el enorme espacio de asambleas, dando inicio al conversatorio. Miriam es coordinadora de la Organización Fraternal Negra Hondureña (Ofraneh) y es la principal referente de Vallecito, que en garífuna nombran “Faya”. Como le sucede a su pueblo, que ha contado más de 50 asesinados en los últimos años, ha sido víctima de secuestro y de amenazas por grupos narcos que no aceptan que hayan recuperado más de mil hectáreas donde antes había una pista de aterrizaje ilegal.

“La mayoría de las comunidades garífunas se formaron hace dos siglos, 227 años para ser exactos, antes incluso de que Honduras fuera república. Para el Estado, los grupos de poder y la oligarquía, los garífunas somos extranjeros, allegados que no deberíamos estar aquí. Pero la clase dominante tiene aquí menos tiempo que nosotros”, sigue hablando Miriam rodeada, como todos en la ronda, por una nube de humo de tizones para alejar a los mosquitos.

“Hay una política de genocidio y exterminio del pueblo garífuna, porque vivimos en territorios que son muy apetecibles para ellos. Quieren desaparecernos como pueblo porque molestamos. Los asesinatos y desapariciones de dirigentes forman parte de esa política de exterminio para quienes defienden la tierra. Este es un país racista, machista y clasista”, dice mientras las cabezas recortadas en la oscuridad asienten con parsimonia.

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La lucha por la tierra en Honduras es judicializada cada vez que se intenta re-ocupar o defender territorios, en particular en esta región costera caribeña que, como señala Miriam, es el epicentro de “la guerra contra el pueblo garífuna”. En Punta Piedra, en San Juan, en Triunfo de La Cruz, hubo asesinatos de comuneros por el delito de defender sus tierras. En Triunfo de la Cruz 400 familias abandonaron la comunidad entre 2019 y 2020, durante un operativo de la Dirección Policial de Investigaciones, cuatro jóvenes fueron secuestrados y hasta ahora se encuentran desaparecidos.

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Un pueblo singular

Los garífunas se denominan a sí mismo como pueblo originario, porque surgen de una mixtura, de los arahuacos del Caribe, con negros africanos. La población indígena de las islas caribeñas se fue mezclando con los esclavos fugados de los barcos negreros ingleses y llegaron a la costas de Honduras trasladados por los mismos esclavistas. Son más de 600 mil personas repartidas en Belice, Nicaragua, Guatemala y Honduras. Son 48 comunidades garífunas en la costa hondureña del Caribe, agrupadas en Ofraneh.

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La cultura garífuna (pueblo al que en ocasiones se lo denomina “indios negros”), está volcada hacia los ritmos del tambor, cultivan coco, plátano y yuca, pescan y tienen una fuerte espiritualidad que se manifiesta en las grandes Casas Ceremoniales (Gayunari), donde celebran sus rituales. La espiritualidad (“selvin” en garífuna) juega un papel central en la cohesión comunitaria y sostiene el espíritu de resistencia. Las mujeres son, como en tantos otros aspectos, las sostenedoras de los rituales así como de las casas de salud que juegan un papel central en la reproducción de la cultura.

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Quizá por tratarse de un pueblo de mestizajes, Miriam sostiene que “aquí siempre mezclamos todo”, dándole sentido a una historia excepcional cuando los caribes arahuacos recibieron a los náufragos de barcos negreros cerca de la isla San Vicente (hoy el país San Vicente y las Granadinas), los acogieron, se mezclaron y fueron recibiendo también a las camadas de esclavos fugados de las haciendas de los colonizadores. Y quizá por eso mismo, asegura que “soy de todas las comunidades garífunas”.

La Ofraneh surgió en 1978 como federación del pueblo garífuna de Honduras, centrada en la defensa de sus derechos culturales y territoriales, con el objetivo de lograr la sobreviviencia como cultura diferenciada y no asimilada.

Territorios en disputa

“Buiti Binafi”, se saludan las mujeres antes de comenzar el conversatorio, siempre engalanadas con vestidos amplios multicolores y pañuelos enrollados en sus cabellos. Yessica y Melissa insisten en el mismo tono sereno que utiliza Miriam en que el pueblo garífuna no ocupa tierras, como dicen los “empresarios” ligados al narcotráfico, sino que “re-ocupamos lo que es nuestro, para resistir y construir”. En estos momento, en la costa Caribe están en curso diez re-ocupaciones, que los traficantes intentas impedir porque resultan un obstáculo para el flujo de sus mercancías.

La comunidad garífuna de Vallecito, o Faya, recuperó este territorio en 2012. Hasta ese momento vivían en un lado del territorio actual, donde funciona una fábrica de aceite de coco. En 2011 el ejército dinamitó la pista de aterrizaje narco creando enormes socavones. La comunidad aprovechó para tomar las 1.200 hectáreas donde ahora viven unas 150 personas, 30 familias, a las que se allegaron recientemente 25 miskitos que proceden en una de las zonas más afectadas por el narcotráfico.

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En 2014 la comunidad estaba inspeccionando la pista dinamitada que los traficantes pretendían reconstruir, ocasión en que Miriam fue secuestrada por ser testigo de esos trabajos. Cada cierto tiempo entran armados a la comunidad, los jóvenes se pasean con sus motos (en una ocasión llegaron 80 motoqueros) luciendo armas y provocando a las gentes.

La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Honduras señaló que más del 54 por ciento de las 453 víctimas de los 363 ataques registrados en 2023, corresponden a personas defensoras de la tierra, el territorio y el medio ambiente. El 32 por ciento de estos ataques fueron perpetrados contra personas y organizaciones integradas por indígenas y afrohondureños. Ofraneh y otras organizaciones similares, como el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh, al que perteneció Berta Cáceres), conforman el núcleo más firme del movimiento social hondureño.

Miriam Miranda, en el centro

“Para los gobiernos y estados lo más fácil es relocalizar a una comunidad sin pensar que construirla lleva años y a veces siglos”, retoma Miriam. Saben que son una molestia para los grandes capitales que acumulan robando bienes comunes, tierras y aguas, y que han estrechado alianzas con el tráfico, el negocio más rentable en estos años.

“Donde había una narco-pista para que las avionetas dejaran cocaína, rodeada de palma de aceite y ganado, ahora hay cultivos de coco, escuelas, casas de salud y hasta una universidad en construcción”, sigue Miriam. Ahora los mismos narcos que controlaban la pista de aterrizaje, que tienen haciendas que rodean la comunidad Vallecito, construyen canales para poder entrar la droga que las lanchas dejan en la playa, y siguen presionando –armas en mano- para que la comunidad les permita atravesarla para llegar a la costa.

“La comunidad está dispuesta a luchar”, apunta otra voz en el conversatorio. “Es algo nuevo que estemos dispuestos a enfrentarlos”. Por eso es un territorio en disputa, como todas las comunidades garífunas: ya no se dejan, están de pie afrontando la violencia genocida. Entraron a tallar otras colectivas: mujeres y jóvenes.

Tomado de desInformémonos.org

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